Martina García Callejas
Martina tiene pelito corto ojos enormes.
Es la hija menor, la segunda, de mi sobrino Francisco, hijo de mi hermano Sergio.
Había una reunión en casa de su abuela, María Teresa por ser aniversario de la muerte de
Sergio.
Caminé hasta el dormitorio principal a dejar mi chaquetón de invierno.
Martina me siguió.
Cuando terminé de dejar mis cosas y me devolví para salir del dormitorio, desde su escasa
estatura, me dijo mostrando su manito: Tengo cuatro años.
Preguntó: Y tú, ¿cuántos tienes?
Abri y cerré algunas veces mis manos: ochenta.
Se quedó mirándome.
Me dijo: Quiero ser como tú, pero no puedo.
Me detuve sorprendido a mirarla, allá abajo, tan pequeñita.
Mirándome hacia mi estatura cuatro veces la suya me dijo: Te amo… te amo… te amo.
He visto pocas veces a la preciosa Martina.
La vez que la vi antes de la escena del “quisiera ser como tú, pero no puedo” también fue
en una reunión social en casa María Teresa.
Estaba sentadita en una esquina de un sillón de cuatro puestos pegada atrás, muy
derechita. Sus piernas estiradas apenas ocupaban la mitad del cojín que servía de asiento.
Su cabecita no alcanzaba hasta la mitad del cojín que le servía de respaldo. Era verano.
Yo, de pantalones cortos, arriba de la rodilla, sentado en un sillón a unos tres metros de
ella. De pronto me dijo: Deberías vestirte con pantalón largo, azul, y camisa blanca.
¿Qué hace que un niño tan menor se relacione intensamente con uno a quién no ve
prácticamente nunca?.
¿Qué quiso decirme con “quiero ser como tú, pero no puedo”?
¿Quiere ser una mujer de 80 años para caminar al lado de un anciano poco ágil?
¿Piensa que el anciano poco ágil es un príncipe de otra dimensión en la que los príncipes
ya no son juveniles, bellos y lozanos?
¿Qué quiere decir una bebé de cuatro años cuando le dice a un viejo gigantesco casi
desconocido, te amo te amo, te amo, desde esos ojitos enormes que tratan de expresar
algo que probablemente ella no sabe lo que es?
No sé cuando vuelva a ver a Martina.
Cuando la vea estará mucho más grande porque los meses pasan para ella, creando vida, a
una velocidad asombrosa: seis meses para ella son más del 10% de lo que ha vivido. Para
mí ni siquiera son un medio por ciento.
Cuando la vea, si todavía me mira y escucha, le recitaré “A Margarita Debayle”, de Rubén
Darío y, si tiene paciencia, le leeré algún cuento.
Con suerte yo, que ya me voy, podré encender en ella, que comienza, amor por la poesía.
Lo que tal vez adivina o ven sus ojitos descubridores es que tengo el alma llena de poesías.